La Iglesia católica no es un actor marginal en la sociedad occidental y, por tanto, el carácter laico de los modelos de estado no la exime de responsabilidad por su influencia histórica. Ha sido constructora de una civilización ética, jurídica y social y eso no desmerece ni la debida aconfesionalidad de los modelos democráticos ni el respeto a la divergencia. Universidades, hospitales y derecho canónico moldearon nociones como el debido proceso y la limitación del poder absoluto: su legado es estructural.