“En la calle se duerme con un ojo abierto y otro cerrado”. Un joven de Marruecos que vivió en el convento de Arantzadi hasta el pasado mes de diciembre cuenta que, aparte de las ratas, el sinhogarismo te obliga a convivir con cantidad de enfermedades, el miedo y la intranquilidad. Por suerte, su disciplina y su perseverancia por encontrar una vida mejor se toparon con los recursos que ofrece la capital navarra –que reconoce que le hace sentir “mucho mejor que otros sitios”– y ahora dispone de una vivienda transitoria en la que día a día labra su futuro, y donde disfruta de conocer la cultura que tan bien le está tratando.