Una pregunta inesperada, un comentario fuera de lugar o una mirada que sentimos demasiado directa pueden desencadenar una situación incómoda y con ella, en nuestro rostro, el consiguiente rubor facial. Primero llega el calor, luego se intensifica con una sensación de fuego bajo la piel y, casi sin darnos cuenta, la cara se nos pone roja como un tomate.