Hay una escena que se repite en miles de oficinas y hogares; alguien le pide a una IA que redacte un correo, un informe o un poema. La IA responde en segundos. El texto es correcto, fluido, sin una tachadura. Y entonces la persona mira lo que ella misma había escrito antes y siente algo difícil de nombrar. No es envidia. Es algo más parecido a la vergüenza.