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El poderío de Don Juan

El poderío de Don Juan

El excelente Ballet titular del Capitole de Toulouse, ha presentado dos coreografías, con coreógrafos diferentes, que comparten la música de Gluck (s. XVIII), considerado el padre del ballet como espectáculo autónomo, más allá del mero adorno de la Opera. Es el comienzo de la gran tradición balletística francesa, que, en Toulouse, tiene una de sus más fieles difusoras, –recuerdo la deliciosa compañía de Jóvenes Bailarines del VM. Studio de Toulouse, DN-7-11-2012–. La compañía del Capitole es de una disciplina, pulcritud, y elegancia admirables. Todo está en su sitio. Todo encaja, como un guante, en una música luminosa, cortesana, con algún tramo dramático, que fluye, como el ballet, en una placentera escucha y visión, sin apenas sobresaltos y que se abre y se cierra, en sus sucesivas partes, con la perfección de una columna de capitel corintio, el más ornamentado. Con estos buenos mimbres, los coreógrafos Ángel Rodríguez y Edward Clug pergeñan dos historias, Sémiramis y Don Juan, respectivamente, de las que la de Don Juan, por claridad de narración y espectacularidad, sale ganando. Ambas muy bien bailadas, pero, con alguna pequeña pega en cuanto a innovación coreográfica. “Semiramis” quiere ser, según el autor, un algo metafórico sobre la mujer de todos los tiempos; pero ese mensaje no llega con claridad al público. La coreografía incide en una danza, digamos, muy académica, que ya se subió a escena hace muchos años y que supone cierta falta de inventiva, cierto regreso (quizás se pretendía eso) al simple embellecimiento corporal de la música. Sí que está logrado que, a diferencia de otras coreografías, el movimiento no espera a que suene la música, sino que son los pasos, previamente marcados “a capella”, los que reciben a la música, incorporándola felizmente.

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