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Asedio al gobierno

Asedio al gobierno

La derecha lleva ya mucho tiempo urdiendo una conjuración plomiza y tediosa contra el actual gobierno que nada tiene que envidiar a la Conjuración de Catilina. Es un asedio sañudo que desafía a la mismísima democracia, pues se mueve en la metafísica de la fabulación. Y para ello el PP ha reclutado a la extrema derecha, a numerosos medios de comunicación escrita y audiovisual, a algunos jueces, a la patronal, a la alta sociedad del dinero y las monterías y a unos cuantos obispos que recaudan votos litúrgicos entre los católicos que se pasean por la mística del poder. Y cuenta además con la incómoda presión de Junts per Catalunya, pues su pasión por el catalanisme de detres complica la situación. Tras un primer intento con calçots de Valls, que fracasó, lo intentó de nuevo componiendo torres humanas con los colles de castellers, que tampoco tuvo éxito. Su último esfuerzo fue construir un cono sin punta: la llamada torre de Agbar, o torre supositorio, que tampoco cumplió con su cometido. Sin ignorar a Isidoro, el jarrón chino, que tras un giro insólito deviene liberal para deleite del PP, ni omitir a los cuatro disidentes de Podemos que, lejos de sumar, emulan al Frente Popular de Judea en La Vida de Brian. En fin, las derechas españolas están volviendo a su origen, caminando hacia atrás, de espaldas a la sensatez. Su maridaje puede emigrar hacia regímenes totalitarios, aunque sólo sea por nostalgia, ya que cuarenta años de dictadura no se olvidan fácilmente. Al frente de esta operación de acoso y derribo, abundan los líderes agresivos, mal educados y con cierta grandiosidad mesiánica. Además, cuentan con algún discapacitado histórico, lo que tiene mucho tirón. Son políticos que presentan algún tic caciquil que trueca en despotismo de escasa lucidez en cuanto tocan poder, para acabar haciendo políticamente lo que les venga en gana. Su asedio se explica como una simple rabieta de mal perdedor que representa la anomalía de un partido que ha identificado el poder con su propiedad privada. En la extrema derecha, en cambio, abunda el político matasiete, alérgico al pueblo y saturado de testosterona, que se esfuerza en frenar cualquier cosa que se asemeje a la democracia. Un político que agita, miente y enfanga lo suyo, convirtiendo la política en un estercolero. En España, según ellos, no ha habido nunca discrepantes sino intrusos: inmigrantes, ateos, comunistas y nacionalistas. Vamos, gentes de paso, pues España no hay más que una, pues la otra, la de los intrusos, la de los discordantes es una simple anécdota elevada a categoría subversiva. Y esa hay que evangelizarla o excomulgarla.

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