Resulta evidente que un vehículo 100% eléctrico, durante su uso, no produce emisiones que provengan del sistema de propulsión que lo hace funcionar. Y si bien es cierto que tanto los gasolina como los diésel han evolucionado muchísimo en los últimos tiempos (en regiones como la Unión Europea por la obligación de cumplir con estrictas medidas, representadas en las ‘Normas Euro’), nunca van a alcanzar la cifra de ‘cero’ en cuanto a emisiones de CO2 (dióxido de carbono), NOx (óxidos de nitrógeno) o partículas finas. Por no hablar de otro tipo de contaminación, como la acústica, que principalmente rodando a baja velocidad y en entornos urbanos es muy inferior en los modelos eléctricos (hasta el punto de que, por ley, deben contar con un dispositivo acústico que emite un sonido ‘hacia afuera’ del vehículo con el fin de advertir a los peatones de su presencia).