Se quitó la venda de los ojos cuando sus pies desnudos empezaron a pisar libros viejos abandonados. Buscó a tientas el dintel de la entrada, se agachó y metió el brazo por detrás de una estantería. Encontró el viejo interruptor rotativo y lo giró, y una luz resinosa, lenta como miel cayendo por una pared de asfalto, se deslizó en la sala.