El carnaval no empieza en el calendario, empieza en el sonido. En el golpe seco de los cencerros que rompen el silencio del invierno, en la paja que cruje al caminar, en las máscaras que no esconden, sino que revelan. Cuando los Momotxorros, los Zakuzarrak, los Palokis y tantos otros personajes del carnaval rural toman las calles de Estella-Lizarra, la sociedad se concede una licencia colectiva: cuestionar el orden establecido, reírse del miedo y recordar que toda comunidad necesita, de vez en cuando, sacudir sus certezas. Es la fiesta del revés: donde el orden se disfraza de caos y el caos, por unos días, nos resulta extrañamente revelador.