Aunque podría parecer un museo, la Almazara municipal de Lantziego es un trujal vivo: un edificio que fue casa y economía doméstica, con aceite, vino y trigo en un mismo cuerpo, un río bajo sus cimientos y el agua como motor y como promesa. Así fue cuando el caudal permitía moler el trigo y el pan formaba parte de la misma maquinaria de subsistencia.