Transgresor puede ser casi todo. Trepar por la secuoya que sigue destacando en el jardín del Palacio de la Diputación pamplonesa y encadenarse a las ramas más altas para lanzar desde ahí el mensaje de la insumisión. Ocurrió en los años 90. Presentarse a impartir clase de sociología ante el alumnado de una universidad privada vestido de jugador de rugby para dar la medida de lo que la vida es a ratos, un partido que se pone duro. No ocurrió, pero ojalá. O de cobaya, de cabra o de cebra, porque sí. Porque el absurdo no pesa y esconde a veces la clave de la existencia. Dejar de ser madre de familia old school, abandonar lavadoras, platos y prole, y ponerse un tocado selvático, un bikini imposible y lanzarse a bailar samba sobre una carroza en Tenerife, o música electrónica en un club de tres plantas a las afueras de Berlín.