Esta columna bien pudiera ser continuación de la anterior, del desenlace del encuentro con el Oviedo, de la habilidad de Osasuna para sobrevivir en el caos. Y aún iría más lejos: parece que el equipo de Lisci llevara el partido a esa situación ante la evidencia de que, ni el pasado sábado ni este, pudiera alcanzar desde el orden los tres puntos. Evidentemente, al aficionado rojillo le gustaría más conseguir la victoria acompañada de la buena disposición táctica y de la profundidad del juego por bandas (en especial ayer por la izquierda) de la primera parte. Esos 45 minutos pueden enmarcarse entre lo mejor que ha ofrecido Osasuna en la temporada, una ejecución perfecta de los planes del entrenador, tanto en la vigilancia a Isi, las ayudas en defensa de Rubén García y Víctor Muñoz o los desdoblamientos de Javi Galán. Pero como viene ocurriendo de forma inexplicable, después de la cara A sale la cara B, y en ella un Osasuna que, con ventaja en el marcador, da marcha atrás y se olvida de tener el balón (aunque el césped de Vallecas no ayudara al deteriorarse con el paso de los minutos). Y llegó el gol del Rayo para dar la razón a quienes vaticinaban durante el descanso que esto iba a pasar una vez más. Un déjà vu. “Lo de siempre…”, me decía por WhatsApp un aficionado fatalista. Pero esta vez se equivocó.