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Maldad y civilización

Maldad y civilización

La historia representa el drama humano del espanto, hasta el punto de que, como sugiere Céline, confiar en los seres humanos es ya dejarse matar un poco. La utopía civilizatoria es la grandeza abatida de los soñadores mientras que la distopía totalitaria es el futuro que amenaza con su inminencia. La maldad se ha expresado a lo largo de la historia de diversas formas: guerras, esclavitud, explotación humana, dictaduras o genocidios. En la actualidad la maldad se ha infiltrado en la política mediante el afán de vigilar y controlar a los seres humanos. La causa quizá más importante del mal es el descubrimiento de una pulsión primitiva y destructiva que Freud llamó tánatos, que es inherente al ser humano y responde a su condición animal originaria, aunque permanezca reprimida por exigencias de la civilización. Descubrir la brutalidad y crueldad de la que son capaces los seres humanos causa una enorme desesperanza. No es la humanidad tan buena como creemos, tan solo claudica forzosamente ante la exigencia de la civilización. Y es que el ser humano no se siente tan feliz en la civilización por mucho que se afirme lo contrario, pues existe una especie de salvaje primitivo que ansía librarse de los límites que le impone la cultura. La civilización, aunque necesaria, supone una carga pesada para la mayoría de los seres humanos, pues reprime su componente animal más primitivo, en cuyo instinto hay una buena dosis de agresividad que les impide actuar indefinidamente como seres civilizados. Por ello, las transgresiones son una tentación peligrosa pero irresistible, pues representan una vía de escape para sus deseos más profundos y primitivos, lo que resulta más fácil, como afirma Hannah Arendt, en una sociedad donde el mal se ha banalizado, pues los actos más terribles pueden ser cometidos por personas corrientes.

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