Al principio, Aro Berria, la película de la directora navarra Irati Gorostidi, se presentaba al público como un drama coral en el que se resucita, en gran parte y a través de una comuna de la CAV, el panorama social durante los años de transición a la democracia. De esta forma, la película arranca en Donosti en 1876, donde el sindicato que representa metalúrgicos de la fábrica de contadores de agua acaba de negociar un contrato que deja a sus miembros más extremistas desilusionados. Varios izquierdistas se mudan a una de las comunidades alternativas que surgían entonces en las zonas rurales, tanto en el Estado como en otros lugares, y adoptan nuevas prácticas espirituales y sexuales (el director de Sirāt, Oliver Laxe, aparece memorablemente como un gurú tántrico), con la esperanza de seguir sus principios igualitarios hasta una reinvención total de la propiedad privada y la familia. Y, de alguna manera, esta primera imagen es la que ha prevalecido en todas y cada una de los estrenos en el Estado. No obstante, cuando esta película se ha internacionalizado, a través de una proyección la semana pasada en el MoMA de Nueva York, las reflexiones han sido muy dispares.