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El retorno del extremo

El retorno del extremo

Asistimos al renacimiento del extremo. O sería más correcto hablar de explosión en cadena. Cuando el fútbol comenzó a dar pasos atrás, a sobrecargar las defensas y a descartar delanteros, el jugador de banda pasó a ser una especie en vías de extinción. De aquella primitiva línea con cinco atacantes, una interpretación cada vez mas conservadora del juego ha llegado a crear hasta la figura del falso 9 para justificar la ausencia en la alineación de un hombre con conocimientos para atacar el área. El 4-3-3 de los años setenta y ochenta del pasado siglo mudó a 4-4-2 y más tarde a 5-3-2, también a 4-2-3-1. También es verdad que, como argumentaba Javier Clemente ante los críticos que solo contaban defensas en sus equipos, lo importante no es el número de delanteros que sacas a escena sino cómo llenas el área cuando atacas. Ahora que estamos con lo del fútbol vintage, el repliegue del extremo reconvertía a algunos de ellos en laterales; de antaño rescato, por ejemplo, al osasunista Julio Santamaría, de aquella plantilla que pasó de San Juan a El Sadar. Más cercano es el oficio de carrilero, un dos en uno que cubre los cien metros de banda; la mayoría de entrenadores les valoran más por su habilidad para centrar que por sus dotes para robar la pelota y despejar. Recuerden la última etapa de Jon Andoni Goikoetxea en Osasuna… Los extremos comenzaron a escasear en la misma proporción que crecían los centrales, el medio centro y el media punta. Los clubes de cantera alimentaron esta tendencia que ha llevado a quien fue un prometedor extremo en el juvenil y en el Promesas como Iker Benito, a reinventarse como lateral. Así están las cosas. O estaban. Ahora resulta que en la selección española hay overbooking de extremos.

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