Aunque incluso en sus créditos de despedida, Paolo Sorrentino (Nápoles, 1970) nos informe acerca de los hechos futuros que acontecieron a los principales protagonistas de La Grazia, éstos jamás han existido. Son hijos de su invención. A diferencia de los retratos de Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi, Il divo (2008) y Silvio (y los otros) (2018), en esta ocasión el cineasta napolitano, hijo de un director de banco, que quedó huérfano a los 17 años a causa de la prematura muerte de sus padres por un accidente doméstico como relató en Fue la mano de Dios (2021), ficciona la realidad. Una realidad en la que el Vaticano ha sido ocupado por un Papa negro y en donde el primer ministro es un demócrata cristiano, solvente jurista y católico convencido, que habita en la duda.