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Andén del desamparo

Andén del desamparo

Los vagones de nuestro Alvia procedente de Coruña se fueron vaciando. Cerré el libro que me mantenía fuera del mundo y sus raíles y temí lo peor. No daba crédito a que me habría de separar de ese confortable asiento calefactado. El tren no continuaba. De repente nos vimos desamparados en una ciudad desconocida, Ourense, sin saber qué hacer. Eran las nueve de mañana del 11 de febrero. Llovía a mares y hacía frío.

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