The Ripples y Germán Salto: ese era el doble y sugerente cartel que ofrecía el viernes pasado la sala Magna de la Tótem (la de arriba, preparada para actuaciones de menor aforo). The Ripples son un quinteto de origen mallorquín, pero de ética y estética indiscutiblemente californiana. Como recién salidos de Lauren Canyon, cada uno de sus miembros viste y toca según marcan los cánones del mejor rock americano. Botas camperas, melenas, gorras, gafas de sol… Y no solo el atuendo, claro, porque la música que con tanta destreza facturan va en esa misma línea. Comenzaron con tres guitarras (dos eléctricas y una acústica), bajo y batería, y exhibieron su facilidad para fabricar ese pop rock de guitarras y melodías cristalinas, en la onda, por ejemplo, de Jackson Browne. A mitad de concierto, el cantante se desprendió de la acústica y se dedicó a bailar y rocanrolear con los cortes más enérgicos de su repertorio. Son jóvenes y tienen talento y actitud; ojalá les sonría la suerte, que también es necesaria.