A menudo, cuando salimos de compras o navegamos por internet, nos topamos con objetos que, sin saber muy bien por qué, despiertan en nosotros una atracción irresistible. Vemos algo que nos gusta, sentimos el impulso de comprarlo y para cuando nos damos cuenta ya estamos pagándolo en la caja o metiendo los datos de la tarjeta en la web del comercio de turno.