Muchos recordamos, todavía, la versión de Fröst del concierto para clarinete de Mozart (DN: 5-2-2013). Entonces su virtuosismo fue el sedoso sonido para el adagio mozartiano. Hoy el virtuosismo ha sido más extravertido, exigente, casi, hasta la extenuación física. La obra de Anne Clyne –compuesta para el intérprete–, supone uno de esos desafíos, en muchos tramos, del más difícil todavía. Weathered quiere ser un abrupto alegato sobre los perjuicios por los cambios climáticos. Configurada en cinco partes, aporta tímbricas muy de ahora. El clarinete es concertante, muy integrado en el conjunto, se tarde en descubrirle los temas que subyacen; lo más inmediato que llega al oyente es su virtuosismo de escalas ascendentes y descendentes. Se da desde el n.1 (Metal), con una introducción sugerente y potente en la orquesta (como de gran ópera rusa). El número 2, Corazón, aporta calma, con un sonido irisado en violines, un desarrollo estático, y más intimidad en el clarinete. En el 3 (Piedra) intuimos algo de folk de fondo, con despliegue de recursos innovadores: sonidos de aire, percusión de las llaves, incluso susurros de voz… El 4 Madera es el que más nos llega musicalmente, por su redondez melódica en la orquesta, de la que participa el solista, aunque, quizás, echamos en falta que el clarinete se explaya en el tema; ciertamente esto en música contemporánea no se suele dar. El número 5 (Tierra) es el más dramático, con una introducción como de Dies Irae y un clarinete desencadenado en su máxima expresión de notas, que llevan a un final de desintegración de la tierra. Fröst, impecable, lo domina todo, pero, personalmente, me gusta más el sonido del clarinete donde predomine la zona media y el grave, o sea el sonido más a madera, por eso la propina me emocionó: con un sonido salido de lo más íntimo, y un delicado trémolo, casi humano, interpretó la canción Nature Boy de E. Ahbez, que popularizara Nat King Cole en el 48. Vamos que la cantó.