A principios del siglo XVI, Catalina de Foix, reina de Navarra, estableció una política internacional que consistía en equilibrar su acción entre las dos grandes potencias del momento: España y Francia. Esta estrategia se completó con alianzas con el emperador del Sacro Imperio Germánico y con el Vaticano, basando su estrategia en la diplomacia y la creencia de que un rey cristiano no arrebataba el trono a otro, pues no lo permitía la ley.