El descalabro nos atrae irremisiblemente. Desde el ‘efecto vaca’ que alimenta las largas retenciones en sentido contrario al de un accidente de tráfico, a la capacidad de absorber toda nuestra atención que una tragedia de alcance ejerce sobre el resto de la actualidad. El dolor ajeno puede ser catártico o empático, pero sobre todo es hipnótico.